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Desde que me dejó mi novio las cosas han cambiado un poco, pero sigo surfeando tanto o más que antes. Es más, pienso que ahora surfeo mejor, desde que él no me está atosigando con sus lecciones a todas horas. ¡Qué narices sabrá el de re-entrys y floaters! Pero lo que más odiaba era su actitud defensora en el agua ante los demás buitres surferos ¿Qué se cree, que no me sé defender yo solita o qué?.
Yo creo que esto lo hacía porque tenía miedo de perderme a cambio de un rubio de fuerte complexión, de esos que destrozan olas a diestro y siniestro. Y va el muy cabrón y me deja por una rubia de bote, de esas que no paran de comprarse modelitos y maquearse todo el día, incluso cuando viene a la playa con él, a lucir ese bikini tan pequeño y atrevido. La verdad es que no le tengo envidia ninguna a ese cuerpo, ya que en unos años se pondrá fláccido y grasiento debido a que la rubia sólo practica el sillon-ball y lo poco que pueda hacer con mi novio en el lecho conyugal (¡que poco nervio tenía ese tío en la cama!)
Y lo más jodido es que lo que ahora tiene por novia es lo que siempre ha renegado tener. Siempre dijo odiar esas tías porque no eran auténticas, no vivían el mundo real y todas esas cosas con las que intento camelarme a mí, cuando yo pasaba de él ochentamil. Reconozco eso sí, que gracias a él he descubierto el surf, y es lo mejor que he conocido en mucho tiempo.
Al principio yo iba a la playa sólo a echar una siesta en el asiento del coche, mientras él surfeaba largas horas los fines de semana. Siempre me rebotaba y cabreaba porque había estado mucho tiempo en el agua, aunque sólo fuese una hora, ya era una costumbre. Hasta que un día me dio la venada. Había traído dos tablas y el traje de verano e invierno el profesional de mi novio. – “Por si las cosas cambian!” había dicho con voz de Tom Carroll, y se metió al agua. Ese día el cabreo era más grande, ya que no había dormido un pimiento por culpa de un borracho de esos que oyes toda la noche en la calle, aunque tengas en casa doble ventanal. Así que cogí la tabla sobrante de mi novio y le di parafina, coloqué el invento y me dispuse a poner el traje como tantas veces había visto yo desde el coche. Me quedaba grande, pero era el de invierno, así que no pasaría mucho frío.